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Pegaso Z-102


 

 
     

 

La otra cara de la historia 

 

 

 

Reproduzco a continuación la carta enviada por un trabajador de ENASA a MOTOR CLÁSICO en su número 12, de enero de 1989.

 

La había escrito pero debo volver a escribirla. Para que sea anónima. Se trata de que la lean y eso no dependerá de la rúbrica.

 

Hispano Suiza. Pegaso Z-102. El tiempo «todo lo cambia», pero lo que ustedes escriben para que nosotros lo paguemos, es demasiado reconstruido, no corresponde al original. Yo era muy joven, lo que vi, viví oí y sentí, empero, lo tengo muy grabado en mi mente.

 

Durante la guerra fraticida la Hispano había fabricado cañones antiaéreos. Allí estaban las naves «antiguas» con toda la maquinaria en perfecto estado. Algunos cañones semimontados: sobre un soporte elevado, «esbeltos» diría hoy, con la mira en la punta formada por aros concéntricos. La munición, algunas vainas sobre los bancos, y cantidad de reducidos tornos para fabricarla...

 

Obras, naves nuevas, un patio con césped y surtidor, fachadas pintadas de color rosa. Un podio elevado de madera y trapos, banderas, un general rodeado de barrigudos uniformes y escoltas con cara de malo de película americana. Todo en estado de revista: pintado, barrido y fregado. No recuerdo dónde escondieron al Laureano (un pervertido y ridículo homosexual que llenaba el agua a las baterías).

 

En el taller de carrocerías, sobre moldes de madera, a martillo un operario «fabricaba» guardabarros para una «rubia». Un Hispano con el habitáculo de madera de roble. Un largo motor, sobrio, oscuro. La plancha que golpeaba era «nacional», «agria» de superficie llena de impurezas de la laminación. El planchista era vasco o cántabro. Allí estaban los que llamaban -a escondidas- los fascistas: Wifredo P. de Ricad (el «de» lo acentuábamos todos), su hijo, más alto y delgado, que respondía en nombre de su padre a muchas de las consultas. Curtani, si lo recuerdo bien, alto como un wikingo, que construía pequeños motores a reacción y probaba en sus horas libres colgados de un alambre entre dos árboles. Caneparo, en mi recuerdo mayor, más serio y señor. Violini, el carrocero, de quien se decía que sabía más de mujeres que de plancha de hierro. Algún otro extranjero, un italiano que dibujaba secciones mecánicas coloreadas maravillosas. Una delineante alemana, virtuosa de la bigotera, a la que todos mirábamos y ella nos explicaba de su atlético novio catalán. Siempre mostraba la foto del galán «sacando bolas» que llevaba en el bolso.

 

El camión Pegaso, una copla exacta de un Alfa -recuerdan aquel de cabina chata con «mejillas»? construido con planos italianos (algunos estaban ya «nacionalizados»). Normas Zeta. Quizá sean aún útiles, como ustedes escriben, pero se formaron primordialmente de copiar y modificar Normas que llegaban de fuera. Primero se fabricó un tractor, pintado de un amarillo canario que ofendía la vista. Tractor Zeta.

 

Cuando fabricación precisaba de un tornillo, se lo fabricaba y después subían a que les hicieran la Norma Zeta. En papel vegetal de importación, con tiralíneas y tinta china. Hacían copias al amoníaco y las mandaban a Sevilla y a Madrid.

 

Celso Fernández, más bigote que nariz, venía a trabajar en su Amilcar, sin carrocería y con un sillón de mimbre sin patas como asiento. Pegaso Z-102. ¡Quién tuviese uno! Ejemplares únicos, construidos según las posibilidades. Recuerdo que apretaban las tuercas pavonadas como el cerrojo del Mauser, seguro un homenaje a los muchos militares que se «retiraban» a la ENASA, (que más tarde también a la SEAT), y para apretarlas ponían trapos a las llaves, por mor de no rayarlas.

 

Los cojinetes de bancada, ajustados a rasquete y minio azul por un aprendiz adelantado. Aprendices ayudando a montar los ejemplares para la feria de Muestras de Barcelona. Los letreros para la Feria: un cristal pintado por la parte trasera de color de helado de vainilla, con letras doradas, de metal, adheridas con un pegamento después de lijarles el reverso y que se caían horas después, mientras pasaban las Jerarquías por delante del stand (incluido el Generalísimo).

 

Z-102, un coche que nadie podía pagar y se regalaba a los «amigos de España». El que mandaron al Trujillo, se lo mandaron con mecánico incluido, pues se decía que cuando lo hacía correr por una carretera que para ello tenía, había que repasar el coche. No sé si fue Celso Fernández, batía con el 102 un récord de velocidad en una autopista cerrada al tráfico en Bélgica. En la ENASA se hablaba de los que no había batido, de fracaso.

 

Decían que el 102 no podía correr más, por que agotaba la gasolina antes de alcanzar la velocidad punta.

 

Poco a poco fueron desapareciendo por el foro, alguno como Violini, que acababa de estrenar un tecnígrafo sobre pared para dibujar carrocerías a tamaño natural, muy rápidamente y por causa de una morena señorita del taller de carrocerías. Murió el señor Soto, un ex militar de muy corta estatura, pero de grandiosos deseos de normalizar todo tornillo y arandela del país. Falleció en una operación el señor Batlle, de quien se decía que con unos datos y dos reglas de cálculo (que unía para formar una sola), era capaz de copiar cualquier motor.

 

Por allí pasó un señor Masgrau, que después proyectaría uno de aquellos vehículos miniatura (no recuerdo si fue el PTV) y el gato montés de Artes de Arcos. No recuerdo exactamente muchas cosas. Sí, la persecución de revistas francesas «eróticas» de entonces. Sí, que cuando un taladro demasiado grande se ponía simplemente un tornillo mayor, y a correr... ¡que corrían!

 

Lo mejor de la ENASA de aquellos tiempos serían las documentaciones de la Hispano que guardaban en el polvo del desván. Lo otro fue un perseguir fantasías y falsas grandezas, lejos de toda realidad industrial. Rodeados de miseria gastaron en oropeles y no poco beneficio propio de caudales que pudieron tener mejor provecho.

 

Con independencia del mérito de uno u otro, todos huyeron de la realidad y así fueron los resultados. «Los pueblos que no aprenden de la Historia están condenados a repetirla».

 

Releo. Los recuerdos fluyen...

 

Estábamos «militarizados», era industria de interés nacional...

 

Nos daban, por menos dinero, un par de kilos semanales de lentejas, garbanzos o arroz.

 

Tengo el plano de la fábrica en la cabeza.

 

Más la parte nueva que la «vieja».

 

Los chasis de camino venían «del Norte». También los ejes traseros y bloques de motor, de pesada fundición...

 

Las estampaciones venían del Norte y de la Farga casanova (Ripoll).

 

Sólo recuerdo un ajustaje de «medias lunas», al cigüeñal, con el rasquete. Lo hizo un aprendiz ya casi operario, quizá era un cigüeñal de los fuera de medida (que se habían pasado rectificándolo) y por eso lo hicieron así,...

El tractor Zeta tenía «orugas», no ruedas...

 

El papel vegetal «bueno» era italiano y los lápices Checoslovacos,...

 

Los compases, de contrabando, eran Kern... el que los podía comprar.

 

Hubo tiralíneas fabricados por los amigos del taller...

 

Los operarios fabricaban candados y encendedores con aluminio, y el máximo de «saber y poder» era conseguir un anillo fabricado con acero inoxidable, que era un poco la demostración de influencia (para conseguir el material) y de trabajar poco al hacérselo en horas de trabajo.

 

 Anónimo

 
     
 

 

 

 

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