Aaah, el Coche Repollo. Me tenía fascinado totalmente a pesar de ser un juguete sexista, imperialista, de plastiquillo y sin motor. Sin embargo, mi padre no atendió a mis peticiones y súplicas indecentes, de modo que finalmente me compró el elegante y viril Rolls Royce de Ricó, teledirigido con cable, con luces por doquiera, claxon y ¡dirección asistida! Yo comprendí el valor de las miniaturas de calidad y mi madre comprendió que podía chantajearme simplemente no comprando pilas de repuesto. Gracias, Kurt, por estas entrañables remembranzas de otrora.